BARCELONA - DIA de la PROVINCIA... - En Folleville: 25 de Enero de 1617: Primer sermón de la Misión

Publié le par Patrice Sabater

BARCELONA - DIA de la PROVINCIA... - En Folleville: 25 de Enero de 1617: Primer sermón de la Misión
BARCELONA - DIA de la PROVINCIA... - En Folleville: 25 de Enero de 1617: Primer sermón de la Misión
BARCELONA - DIA de la PROVINCIA... - En Folleville: 25 de Enero de 1617: Primer sermón de la Misión

El episodio de Gannes – Folleville

En Gannes, a 13 kilómetros del castillo de Folleville. Era una aldea propiedad de la Señora de Gondi. Hoy tiene unos 300 habitantes. Enero de 1617. Un campesino de unos setenta años agonizaba y tenía profundos remordimientos de conciencia.

Pasaba por un hombre de bien. Según la tradición era el molinero del pueblo y las ruinas del molino todavía se pueden contemplar. Este campesino hizo llamar al señor Vicente. Éste le aconsejó hacer una confesión general. Después de hacerla, lleno de alegría y de gozo se comunicó con la señora de Gondi y le dijo que si no hubiese recibido el sacramento de la reconciliación se hubiese condenado. Este episodio lo recuerda, años más tarde, hablando a sus misioneros:

“Un día me llamaron para ir a confesar a un pobre hombre gravemente enfermo, que tenía fama de ser el mejor individuo o al menos uno de los mejores de su aldea. Pero resultó que estaba cargado de pecados, que nunca se había atrevido a manifestar en la confesión, tal como lo declaró él mismo en voz alta poco más tarde, en presencia de la difunta esposa del general de las galeras, diciéndole: «Señora, yo estaba condenado, si no hubiera hecho una confesión general, por culpa de unos pecados muy grandes que nunca me había atrevido a confesar».

Aquel hombre murió, y aquella señora, al darse cuenta entonces de la necesidad de las confesiones generales, quiso que al día siguiente se tuviera la predicación sobre aquel tema. Así lo hice, y Dios concedió su bendición de tal manera que todos los habitantes del lugar hicieron enseguida la confesión general, y con tanta urgencia que hubo que llamar a dos padres jesuitas para que me ayudaran a confesar, a predicar y a tener la catequesis”.

“Esta gracia fue la que realizó este efecto saludable en el corazón de aquel aldeano, cuando confesó públicamente, y en presencia de la señora esposa del general, de la que era vasallo, sus confesiones sacrílegas y los enormes pecados de su vida pasada; entonces aquella virtuosa dama, llena de admiración, le dijo al padre Vicente: «¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, padre Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?» «Era el mes de enero de 1617 cuando sucedió esto».

En Folleville: 25 de Enero de 1617: Primer sermón de la Misión

La aldea de Folleville data del quinto siglo cristiano. Muestra hacia el sur vestigios de un extenso campamento romano, que se remontaría al siglo primero de nuestra era. Le viene el nombre probablemente del latín «folium» (follaje), que haría referencia a su ubicación rural. El núcleo urbano se emplaza estratégicamente sobre una colina: desde la cumbre era visible cualquier movimiento por la calzada romana que iba de Lyon a Boulogne y seguía en dirección a la travesía británica. La calzada recorría el valle del Noye. Entre los siglos III y V el contorno sufrió sucesivas devastaciones bárbaras. El rey Lotario II – siglo VII – convirtió la región en feudo de la no lejana abadía de Corbie. Los señores de Folleville comenzaban en los siglos IX y X a fortificar toda el área contra los normandos.

Francisca Margarita, hija de Antonio y María, desposaría en 1610 a Felipe Manuel de Gondi, general de las Galeras. Aquí transcurrió la infancia de Margarita, y en ésta recaería la propiedad, andando el tiempo. Responsable por los campesinos de sus tierras, Francisca Margarita cumplía con la obligación habitual de proponer al obispo los candidatos a párrocos.

Vicente de Paúl residió en Folleville, como preceptor de los hijos de Gondi, los años 1615 y 1617. Tal vez se le unió Antonio Portail, su seguidor más antiguo. Uno de los niños Gondi, Juan Francisco Pablo, llegaría a cardenal: el mundano Retz, notorio por el papel que jugó en la rebelión contra el cardenal Mazarino. Vicente predicó y dio misiones en las parroquias circundantes, por tandas que suman 18 meses y se dividen en tres etapas: 1615, 1617, 1620. En dos de las parroquias constan: Sérévilliers y Paillart, donde estableció Cofradías de la Caridad en 1620.

Aquí también comenzó Vicente a resentirse de las piernas, mal que le afligiría de por vida. Desde 1655, la Congregación celebraría el 25 de enero como día del «primer sermón de la Misión», y aunque el fundador no nombra a Folleville, sus recuerdos del acontecimiento subsisten en doble registro: la repetición de oración del 25 de enero de 1655, y la conferencia del 17 de mayo de 1658 Folleville, una aldea, un castillo, en la actualidad medio derruido. Enfrente del Castillo una Iglesia. Una iglesia pequeña, coqueta, recogida. Se conserva tal cual la utilizó el santo. Allí predicó ese famoso sermón sobre la la confesión general, el 25 de enero de 1617. Puso tal energía, tal convicción, tal sentimiento que arrastró a los campesinos de aquellas tierras al confesionario. La siembra fue buena y la cosecha muy abundante. Años más tarde recuerda san Vicente aquellos acontecimientos “El día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta señora me pidió, dijo el padre Vicente, que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella señora (pues el gran número y la enormidad de mis pecados hubieran impedido el fruto de aquella acción), que bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general. Seguí instruyéndolas y disponiéndolas a los sacramentos, y empecé a escucharlas en confesión. Pero fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba, la señora esposa del general rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos; le escribió al padre rector, que vino personalmente, y como no podía quedarse mucho tiempo, envió luego a que ocupara su puesto al reverendo padre Fourché, de su misma compañía, para ayudarnos a confesar, predicar y catequizar, encontrando, gracias a Dios, mucha tarea que realizar. Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a aquella señora por aquellos contornos y nos sucedió como en la primera. Se reunían grandes multitudes, y Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día».

“Pues sí, he de decírselo, porque además ya no queda nadie de aquella familia: todos han muerto, y el párroco del que voy a hablar, también; sé incluso que uno de sus parientes, que era una persona buenísima y que vino a verme hace algún tiempo, ha fallecido hace poco, y era el último que quedaba de aquella familia. Pues bien, el hecho es que, al confesarse un día la citada señora con su párroco, se dio cuenta de que éste no le daba la absolución, murmuraba algo entre dientes, haciendo lo mismo otras veces que se confesó con él; aquello le preocupó un poco, de modo que le pidió un día a un religioso que fue a verla que le entregase por escrito la forma de la absolución; así lo hizo. Y aquella buena señora, volviendo a confesarse, le rogó al mencionado párroco que pronunciase sobre ella las palabras de la absolución que contenía aquel papel; él las leyó. Y así siguió haciéndolo las otras veces que se confesó con él, entregándole siempre aquel papel, porque él no sabía las palabras que había de pronunciar, tan ignorante era.

Cuando ella me lo dijo, me fijé y puse más atención en aquellos con quienes me confesaba, y vi que, efectivamente, era verdad todo esto y que algunos no sabían las palabras de la absolución. Ahora bien, aquella buena mujer, que no era todavía más que una muchacha cuando sucedió esto, al acordarse luego de aquello y considerando el peligro en que estaban todas aquellas pobres almas, para poner remedio a este mal decidió mandar que predicase sobre la forma de hacer una buena confesión general y sobre la necesidad que había de hacerla al menos una vez en la vida; lo que tuvo éxito, como acabo de decir de forma que, al no poder escuchar a todo el pueblo que acudía de todas partes, hubo que pedirle al padre rector de los jesuitas de Amiens que enviase alguna ayuda. Vino él personalmente, pero sólo estuvo hasta el día siguiente, porque tenía que hacer, y envió a algunos de sus padres para ayudarme.

Más tarde, al ver los resultados, se pensó en la forma de conseguir que de vez en cuando se fuese a las tierras de dicha señora para dar allí misiones. Me encargaron que hablara con los padres jesuitas para rogarles que aceptaran esta fundación. Me dirigí al padre Charlet. Pero me contestaron que no podían aceptar esta fundación, por ser esto contrario a su instituto; de modo que, al ver esto y que no se encontraba a nadie que se quisiera encargar de dar estas misiones, se tomó la resolución de asociar a algunos buenos sacerdotes”.

Lectura del acontecimiento:

¿Cuál es el significado de Gannes – Folleville? ¿Qué importancia tiene este acontecimiento para la vida de san Vicente, de su sacerdocio y de sus obras más importantes?

Aquel fue el primer sermón de la Misión. Muchos años después Vicente hace una lectura y una interpretación de este acontecimiento. Es la primera piedra de la Misión. El inicio de lo que más tarde fue la Misión. Aquello era una primera voz que le anunciaba un don, un carisma, una gracia.

Es el acontecimiento revelación, la voz profunda que cambió el rumbo de Vicente. Y sin duda se preguntaría en aquellos momentos, ¿qué hacía en París, ciudad llena de frailes y de curas? ¿Qué hacía perdiendo el tiempo en enseñar a dos niños que no querían aprender? ¿Qué hacía allí en el palacio de los Gondi intentado algo para lo cual no tenía cualidades, como escribiría más tarde a ese señor de Gondi, tratando de justificar su huida clandestina a Chatillon?.
Por el contrario, se daba cuenta que su palabra había sido muy eficaz entre aquellas mentes campesinas, aquellas almas de buena voluntad. ¿No era ese su verdadero mundo? ¿No sentía en el fondo de su corazón el grito de su Dios que la llamaba a invertir toda su vida, todo su sacerdocio, toda su persona entre aquellos campesinos ignorantes, pero sanos, de buena voluntad y dispuestos a escucharle? ¿No era la hora de abandonar todos los sueños de grandeza, de bienestar, de comodidad y seguir la voz de Dios y el clamor de los pobres? Por otra parte, ¿no era ya hora de despegarse de aquella dama, que lo había convertido en propiedad suya, que era de su misma edad, que le manifestaba un apego excesivo, con peligro para su vida sacerdotal y espiritual?

Este acontecimiento significa el descubrimiento de la pobreza espiritual y material de los pobres campesinos. Necesitaban ser instruidos, orientados en las verdades fundamentales de la religión, porque en aquel tiempo era doctrina seguida por la mayoría de los teólogos que ciertas verdades de la fe, tal como la Encarnación, la Trinidad, etc., eran necesarias para la salvación.

Este acontecimiento descubrió a san Vicente el abandono de los pobres del campo por parte de la Iglesia. Los sacerdotes que dirigían y pastoreaban este pueblo campesino eran ignorantes. Los bien preparados estaban en las ciudades. Y él tenía claro que la Iglesia o es una Iglesia de los pobres o no es nada porque una iglesia que no es de los pobres, es una Iglesia que no ha comprendido la Encarnación.

Este acontecimiento significó el inicio de las misiones populares: ir de pueblo en pueblo instruyendo, catequizando, invitando a la confesión general. El pueblo sencillo, ignorante, pobre, le necesitaba. Tenía que dedicarse a él. Y así lo hizo. La siguiente misión popular fue en Villepreux, enero de 1618.

Ese acontecimiento era el descubrimiento de una necesidad urgente de la Iglesia, a la que san Vicente fue enormemente sensible y quiso poner remedio ayudado y estimulado por la sensible Margarita de Silly, señora de Gondy. La evangelización de los pobres. Ellos son nuestra herencia y nuestro legado.

Para Vicente de Paúl fue el acontecimiento revelación. A través de él Dios se le manifiesta, se le revela lo que Dios quiere de él. ¿Qué hacía educando a unos muchachos rebeldes, difíciles, que no querían aprender nada, que estaban mimados y llenos de comodidades? ¿Qué hacía en esos palacios de los grandes cuando tantas y tantas almas le necesitaban y le reclamaban? ¿Dónde estaba su lugar, entre los grandes o entre los campesinos, los pobres y los humildes? Es el descubrimiento del pobre. Era el descubrimiento de su vocación. Más tarde hará una lectura evangélica y apostólica de este acontecimiento y confirmará que aquí está el origen de la Congregación de la Misión.

Conclusión:

La experiencia de Gannes – Folleville le hizo comprender a Vicente algo que le impacta definitivamente: multitud de almas se pierden por no hacer buenas confesiones y por no saber las verdades de fe necesarias para la salvación. Es la ignorancia en la que está sumido el pobre pueblo del campo y el abandono al que le somete los sacerdotes y la jerarquía de la Iglesia, lo que le ha impresionado de tal manera que decide consagrar toda su vida a ese pueblo sencillo y pobre y abandonado. Gannes – Folleville “fue una revelación. Vicente sintió que aquella era su misión, aquélla era para él la obra de Dios: llevar el Evangelio al pobre pueblo campesino“. Una nueva conciencia de Iglesia ha nacido en san Vicente. Muchos años después recordando aquel acontecimiento dirá a su misioneros: “¡Qué dicha para nosotros los misioneros poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres”. Es la Iglesia de los pobres que “son los preferidos de Dios”, una Iglesia que tiene como primera obligación, en tanto continuadora de la misión de Cristo, la atención a los pobres. Pero también una Iglesia en la que muchos de sus pastores eran ignorantes e incapaces de guiar al pueblo cristiano. Vicente descubrió con toda certeza, desde ese momento, cuál era su vocación: consagrar su vida y su persona a evangelizar a los pobres y a remediar la miseria de un clero indigno e ignorante. La Providencia le va llevando de la mano, paso a paso, hasta desvelarle su proyecto sobre él.

P. Javier F. Chento, cm (25 de enero del 2.015)

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